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Magia y Espiritualidad

Volver a disfrutar de la intuicion

Un día, al que no llamaremos un día aciago pues todo día tiene su dosis de luz y oscuridad, la sagrada composición de la sabiduría humana, formada por razón e intuición, fue quebrantada. En la creación original, a la intuición, expresión pura de nuestra esencia y conexión directa a la fuente de toda la sabiduría universal, le fue asignada un 90% de nuestro poder de discernimiento mientras que a la razón, que se ocupa de nuestra supervivencia diaria, le fue concedido un 10% de peso en la toma de decisiones. Aunque la distribución parezca injusta, tengamos en cuenta que la intuición, por su conexión íntima a la fuente de la sabiduría, es capaz de encontrar soluciones y tomar decisiones absolutamente certeras siempre y cuando mantenga sus canales limpios de las perturbaciones del ego. Por otro lado, la razón es tan solo un manual de reglas y procedimientos para la supervivencia en el planeta, un manual que va creciendo con la experiencia de vida.

Durante ese día, al que no consideraremos como aciago, el ser humano invirtió los porcentajes y otorgó a la razón el 90% de su capacidad de discernimiento y relegó a la intuición a un plano meramente anecdótico. La memoria de un humano, exigua reserva de conocimiento equivalente a un grano de arena en la playa infinita que es el universo, pasó a ser la fuente en la cual confiamos poder encontrar las soluciones a nuestras vicisitudes universales. El pensamiento, antes mero mensajero puntual de reglas para la supervivencia, se convirtió en experto de todas las facetas de la vida bombardeándonos incesantemente con todo tipo de deseos, ideas egóicas, miedos y falacias. Y la emoción, expresión física del pensamiento, inició su reino de terror sobre la mente, volviéndola reactiva y carente de empatía y claridad. Por el contrario, los sentimientos, que una vez actuaran como consejeros fiables en los temas diarios, y la premonición, la aliada certera de los momentos difíciles, fueron desterrados del reino de la mente y tachados de farsantes y embaucadores.

El mundo de los humanos se transformó. La vida pasó a ser un campo de maniobras donde las enajenaciones del ego se impusieron abrumadoramente sobre las necesidades del corazón. Perdimos frescura, creatividad, flexibilidad, empatía, compasión, capacidad de sufrimiento, y control de los deseos. Nos fuimos transformando en seres reactivos, egoístas, aburridos, inflexibles, y autoritarios.

La naturaleza, hasta entonces venerada y respetada como madre protectora del humano, pasó a ser una fuente vulgar de explotación de recursos materiales necesarios para satisfacer los deseos del nuevo orden mental. Pasamos de ser parte integrante de la naturaleza a ser un explotador despiadado sin ningún tipo de conexión con la misma.

Y pasaron los años, y los siglos, y hasta algunos milenios. Y aquí estamos hoy, en un día al que no consideraremos como aciago, al borde de un supuesto cataclismo sanitario y económico. Aquí estamos, preguntándonos cómo salimos de lo que parece un callejón sin salida, buscando culpables por doquier, y dejando una vez más que los pensamientos cargados de miedo y las emociones salidas de tono nos nublen la mente y la verdadera lectura de la realidad.

No, no es ni mucho menos un día aciago, ni este ni ninguno en la historia de la creación. Este es un día de esperanza, una oportunidad para volver a darle la bienvenida a la intuición como reina de la sabiduría. De que dejemos de lado miedos, culpas y dudas, deseos que nunca nos satisfacen plenamente, objetivos que cobran su efímera carga de felicidad en salud y aislamiento emocional. Es una invitación a volver a escuchar a los sentimientos, de aceptar con alegría las misteriosas revelaciones de la intuición. De pasar más tiempo en la naturaleza y menos tiempo en la irrealidad virtual. De ver todas las mentiras que se han inventado para fomentar la separación en este grupo compacto que se llama humanidad. De renegar de todas las murallas que se crean cada día para supuestamente protegernos unos de los otros. De entender que el sufrimiento de uno es a la postre el sufrimiento de todos. De ser más justos, igualitarios, honestos, y solidarios.  De centrarnos en una VERDADERA transformación interior y olvidarnos por un rato de las tribulaciones eternas del mundo exterior.

Una gran oportunidad sin duda a través de un espectacular giro del destino: un virus que no distingue nacionalidades, razas, creencias, estatus social o económico. Una invitación a la solidaridad no sólo con nuestros vecinos sino con todos los habitantes del planeta. El trabajo que nos toca realizar es personal e interno, nada tiene que ver con juicios o críticas al sistema, nuestros vecinos o nuestros gobernantes. Podemos comenzar por estas simples pero profundas acciones:

  • Aceptar cualquier situación, por desagradable que sea, antes de buscarle una solución
  • No juzgar a nadie, esa no es nuestra labor en este mundo
  • No criticar, más bien tratar de entender que la ignorancia y el miedo son causa de muchas decisiones desafortunadas
  • Entender que toda situación puede verse desde el miedo o desde el corazón
  • Evitar la compañía de personas que vibran en frecuencias bajas
  • No tomar ninguna decisión desde el miedo