Magia y Espiritualidad

El vagabundo y el ermitaño: el poder de la no-accion

“No acción”: Un concepto lleno de poder, sentido y magia que por alguna razón desconocemos y, en muchos casos, aborrecemos.

En el taoísmo, este concepto que nos puede sonar a chino, se denomina Wu Wei y representa uno de los pilares fundamentales de esta filosofía ancestral. El Wu Wei no es como algunos podríamos pensar el estar tumbado todo el día durmiendo, viviendo una vida sin sentido ni propósito. Al contrario, es una sabia opción de cómo vivir la vida de forma plena y saludable.

Para poder entender esta filosofía, debemos comenzar investigando la diferencia entre el vagabundo de ciudad que se pasa el día ocioso intentando olvidar su realidad por medio de algún tipo de escape (lo que llamamos adicción) y el ermitaño que vive sus días en contemplación sentado en una cueva o en un monasterio con absoluta consciencia de todo lo que ocurre, no solo en el exterior sino también en su interior.

El vagabundo vive en un estado de letargo mental incapaz de entender su vida, de controlar su situación, y sin determinación para salir de ella. Vive en una especie de pesadilla constante que ha confundido con la realidad y en la que es incapaz de ver salida alguna. Esta incapacidad para abrir los ojos y ver la verdad es en realidad la que ha creado y continúa soportando esa jaula mental en la cual se haya encerrado. Los que pasamos a su lado y lo vemos en esa condición, no logramos entender cómo puede vivir de esa forma, es más, nos parece tan fácil poder abrir esa jaula ficticia y conseguir un trabajo, alquilar una casa, comprar ropa nueva, y comer todos los días sin necesidad de mendigar.

Por el contrario, el ermitaño tiene absoluta consciencia de quién es, absoluto control de su situación, y absoluta capacidad y determinación para cambiar el rumbo de su vida si así lo desease. El ermitaño practica el Wu Wei, no hace, pero es consciente de  que no hace. En realidad, no es que no actúe, sino que solo actúa cuando precisa hacerlo, y este pequeño enfoque es lo que constituye la gran diferencia y grandeza de esta forma de vivir. El ermitaño no malgasta energía, se ha vuelto un maestro en la conservación de la misma, no pelea batallas imaginarias, le basta con las batallas en las que la vida le invita a participar, no vive de la ilusión de alcanzar objetivos en el futuro sino de saborear los momentos que le brinda el presente.

El vagabundo y el ermitaño se equilibran, como todo en la dualidad del universo. Podríamos pensar que si no hubiera vagabundos tampoco existirían los ermitaños y viceversa. La idea es que, en la vida, en el cosmos, todo ser continuamente busca, consciente o inconscientemente, mantener ese estado de equilibrio que es el que al final confiere la armonía y eso que, en el caso de los humanos, podríamos llamar felicidad.

Entre estos dos personajes, vivimos el resto de los humanos. En verdad, la mayoría vivimos más en la frecuencia del vagabundo que en la del ermitaño. A muchos esta comparación puede parecernos extravagante y totalmente fuera de lugar pues nuestra vida es una vida llena de acción, donde trabajamos durante la mayor parte del día, nos ejercitamos, viajamos, y buscamos constantemente formas de diversión y entretenimiento de la mente. Ni un minuto para la inacción. Si tengo cinco minutos para no hacer, en seguida la mente salta en busca de acción bajo lemas que nunca nos hemos detenido a analizar como “me aburro”, “tengo que ser productivo”, o “qué hago aquí sentado sin hacer nada”. El vagabundo vive en la pesadilla del no entender por qué se pasa el día sin hacer nada y nosotros en la pesadilla del no entender por qué nos pasamos la vida haciendo y haciendo sin preguntarnos si todo ese trajín tiene algún sentido.

Todo busca equilibrio en el universo, incluso el ser humano, si nos permitimos conectar con esa frecuencia que late en nuestro interior. Para ello, es necesario apagar las máquinas y no hacer nada. En el no hacer, comenzamos a “ver” hacia dentro, a sentir qué somos, y a ser más inteligentes en cómo usamos nuestra energía, y, por ende, cómo cuidamos nuestra salud. La acción continuada destruye cualquier máquina mucho antes de su fecha de caducidad. La máquina humana no es diferente.

Un retiro es una forma de permitirnos observar cuán lejos estamos de ese equilibrio que, en realidad, es nuestro destino natural. Un retiro, ya sea en casa o en una cabaña en Groenlandia, no es una batalla por la supervivencia de la rutina que llevábamos, por buscar y buscar y buscar qué voy a hacer con el tiempo, por evitar el tenebroso fantasma del aburrimiento, sino en desenchufar un poco el computador mental, el deseo incontrolado de información, de sugestión, de estímulo constante. Es permitirnos observar cómo esa permanente vorágine de acción a la que nos habíamos esclavizado nos estaba robando horas de sueño, descontrolando las comidas, alimentando la ansiedad, en definitiva, reventando nuestra salud y calidad de vida. Es permitirnos observar cómo ya no salimos a la naturaleza, cómo hemos perdido la empatía con otros seres, cómo nos hemos acostumbrado a emitir juicios y echar culpas sin ni siquiera echar un vistazo a lo que pasa en nuestro interior ¿Quién le presta hoy la debida atención, quién le da el valor que se merece a un paseo por un bosque, o al canto de un pájaro, o al sonido del agua de un arroyo, o al sabor de la fruta fresca? Se han vuelto experiencias caducas, recuerdos añejos que somos incapaces de volver a saborear en toda su divinidad pues la mente está demasiado ocupada buscando “nuevas” experiencias.

En un retiro, no buscamos la forma de matar el tiempo, sino que nos volvemos aliados de él, porque no se trata de ver qué hago sino de ver qué está pasando, tanto fuera como dentro de mí. En un retiro, dejamos que emerjan emociones de nuestro interior que nos pueden ayudar a resolver situaciones de nuestra vida, y, con un poco de coraje, observamos por qué reaccionamos con furia, dolor, rabia, o soberbia ante otras situaciones (sin echarle la culpa a otros).

Desde mi retiro, puedo permitirme vivir un tiempo de reflexión, de calma, de comprensión, pudiendo observar mis propios miedos, angustias y demás emociones que empañan la pureza de quién soy y trabajar en ellas para poder emerger de ese retiro como un ser más completo, bondadoso y feliz. Recordemos que todo lo que pasa en mi interior no deja de ser un reflejo de lo que pasa a mi alrededor y que, desde mi retiro, la forma de contribuir a las circunstancias del exterior pasa por el trabajo dentro de mí. Es lo único que puedo y debo hacer. Una vez afuera, ya estaremos expuestos a otras circunstancias que nos marcarán el camino a seguir en cada momento. De forma que no deberíamos tomarnos un retiro como un tiempo de confinamiento carcelario en el que a todas horas tengo que inventarme algo para sentirme vivo. Somos seres humanos que, al contrario que un animal, tenemos la capacidad de vivir las situaciones desde diversos puntos de vista. Un retiro nos muestra la verdadera esencia de la vida y de cada uno de nosotros, si solo nos dejamos llevar y, en vez de continuar entreteniendo a la mente, empezamos a escuchar lo que está latiendo en nuestro interior.